All I see is Gold: Prologo

Einar abrió poco a poco los ojos. Le dolía la cabeza, pero no tanto como cabía de esperar después del golpe que se había dado al darse contra una piedra. Se tocó la cabeza, en busca de sangre. Un golpe como ese debía de haberle creado una gran herida. Pero no tenía nada. Lo que si noto fue que tenía una zona más fría que el resto.

–Te he curado –una voz femenina hizo que se fijase en lo que tenía alrededor. Provenía de una joven en plena adolescencia. Observo que su melena castaña tenía que ser bastante larga pues las trenzas que tenía a cada lado de la cabeza le llegaban hasta la mitad de la barriga. Tenía rasgos aniñados, aún era joven, pero sus ojos mostraban madurez. Y lo más seguro era que aquella madurez proviniese de cuidar del dragón negro que tenía detrás e intentaba esconder a toda costa.

–Gracias –le dedicó una sonrisa de medio lado, pudo notar un pequeño rubor en sus mejillas. Seguro que no estaba acostumbrada a que la gente le diese las gracias–.  Me llamo Einar hijo de Eskol el matador de lobos –le explicó brevemente. Sabía que podía confiar en una chica que poseía un dragón negro–, pero vengo del sur. De la Ciudad de Dragones –en seguida ella se puso en guardia esperando cualquier momento para escapar de allí, tal y como esperaba–. No, no tranquila –levantó las manos en señal de paz–. No soy uno de ellos –aseguró con firmeza–. Más bien escapo de ellos.

–¿Por qué? ¿No te quieren como Jinete? –Einar pudo notar la duda en sus palabras. No por desconfiar, sino por estar sobrepasándose a la hora de hablar.

–Algo parecido –se río de sí mismo–. No soy Jinete, aunque supongo que ya lo sabes –estaba segura que después de ver los huevos de dragón que trasportaba le había inspeccionado a fondo. Esperaba que hubiese respetado mínimamente su intimidad.

–¿Entonces por qué hay un huevo que espera a que lo toques?

Aquello pillo desprevenido a Einar. ¿Uno de los huevos esperaba por el para eclosionar? Nunca se lo había imaginado. Se había resignado a ser un soldado normal y corriente. Siempre le habría gustado ser un Jinete de Dragón, pero no lo había visto factible porque los Jinetes Independientes tenían pocos huevos y él era un soldado mediocre.

–El blanco –ambos miraron hacia los huevos de dragón–. No ha eclosionado antes porque estabas siendo perseguido y luego inconsciente. Pero está esperando por ti.

Einar no se lo podía creer.

–¿Cómo lo sabes? –aún no estaba seguro de lo que dijese fuese cierto.

–Svart ha hablado con él. No son de la misma camada, pero comparten madre –Einar miro al dragón negro con respeto. Este asomo detrás de su Jinete, le miró fijamente, y asintió con la cabeza de manera leve. El muchacho sintió un gran honor al ver que un dragón le estaba dando su bendición para ser un Jinete también. En realidad lo estaban haciendo dos–. Os dejaremos solos. Es un momento muy íntimo que debéis disfrutar a solas.

Se levantó en silencio. Einar debía de admitir que aquella chica tenía el don del silencio.

–¡Espera! –ella obedeció y le miro a los ojos. Unos ojos maduros del color del hielo, que compartía con el negro dragón. Habían nacido a la vez. Sintió envidia por ello por un momento hasta que supuso lo que significaba eso–. Te estaré agradecido por salvarme la vida y… –se quedó sin palabras–. Volveré con cada luna nueva –prometió. Ella sonrió levemente.

–Me alegra escuchar eso –le dedicó una pequeña reverencia antes de seguir su camino hacia su aldea–. Por cierto, me llamo Barbara, hija de Soren el Salvador.

–Encantado de conocerte Barbara hija de Soren el Salvador –inclinó la cabeza a modo de respeto.

–Igualmente Einar hijo de Eskol el matador de lobos.



Zoltan y Kai corrían por la aldea, de un lado a otro. Hacía tiempo que habían terminado sus quehaceres del día y en ese momento necesitaban deshacerse de toda la energía que tenían de sobra. Los padres de ambos pensaban que para ser hombres de provecho debían de trabajar más, pero a dos chicos de catorce años solo les interesaba pelearse.

Querían prepararse para ser grandes guerreros y vivir formidables aventuras. No querían ser del tipo de personas que se quedaban toda la vida entre las mismas montañas. Deseaban ser libres.

Zoltan pudo divisar a Grida en la ventana de su casa mientras su madre le daba clases de costura. La muchacha le sonrió levemente, antes de llevarse una reprimenda por parte de su madre, por no prestar atención. El muchacho se sonrojo, y dejo que Kai golpease su cara por aquel despiste. Pudo cogerse a un poste, pues la inercia era grande y estuvo a punto de caer. Al menos tenía unos buenos reflejos.

–Menos mal que en las batallas no hay mujeres, si las hubiese estarías muerto –se burló su amigo. Zoltan soltó una pequeña carcajada.

–Si Barbara estuviese aquí ya te habría dado una paliza –Kai se puso rojo como un tomate. Su amigo era el único que sabía cuáles eran sus aspiraciones con la hija del jefe.

Zoltan estaba de acuerdo con que su amigo había nacido para ser un líder. Era inteligente, o al menos lo demostraba en ese aspecto, bastante astuto y le gustaba conseguir lo que se proponía. Por desgracia, no había nacido como hijo del jefe, y todos los adultos respetaban, y a la vez temían, al Jefe Soren el Salvador de Dragones. La única opción que se le ocurría para acabar siendo líder era casarse con Barbara.

Kai pensaba que Barbara era una chica muy hermosa, pero no era la más guapa de la aldea ni de lejos. Aunque ha de decirse que en aquella opinión influía el hecho de que Barbara fuese extranjera, pues no le agradaban nada las personas que no fueran del pueblo. Pero siempre habían sido agradable las veces que se había acercado a ella. Al menos estaba seguro que había sido el primer chico en acercarse con esa intención. El resto de personas de su edad no sabían que querían hacer con su futuro aun.

–Eso es mentira –frunció el ceño–. A mí no me gusta ella. A mí me gusta lo que ella significa –sonrió de medio lado.

Zoltan resopló. Él jamás había tenido la oportunidad de tratar con la hija del jefe. Pero siempre había creído que era una persona muy educada y amable. Sonreía a todo el mundo, aunque luego pensasen como Kai a sus espaldas. Sus padres le habían dicho que el respeto con el que los había tratado, a unos simples panaderos, había sido más de lo que se esperaban. Había sido criada por un guerrero y no tenía madre, todo el mundo había pensado que saldría tosca.

Pero es que Soren no era como el resto de jefes de aldea que cualquiera hubiese podido conocer. Soren era un guerrero fuerte, de eso no había duda, pero es que además se le consideraba un gran sabio e intelectual. Aquello era mucho más de lo que se podía decir del resto de líderes que hubiesen pisado el pueblo.

De tal palo tal astilla. Y es que ambos mostraban un porte imperial. Si no fuesen simples pueblerinos Zoltan hubiese pensado que eran parte de la nobleza.


El joven había tenido la suerte de hablar con el jefe un par de veces. Y de todas aquellas veces había salido satisfecho. Le agradaba mucho y el respeto que sentía hacia él era enorme. Se había sentido protegido solo con mirarle a los ojos.

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