La
primera vez que Zoltan vio un dragón fue cuando tenía cuatro años, claro que no
está muy seguro de haber visto alguno antes y no acordarse de ello. Aunque su
padre le había dicho que se escondiese la curiosidad pudo con él y se arrimó a
mirar por la ventana para ver si tenía suerte.
Y
la tuvo. Justo se paro uno delante de la ventana. Debía de medir unos 12 metros
de longitud y era de color rojizo. Sus escamas no brillaban mucho porque era de
noche y la luz de la luna estaba aun más atenuada por las nubes. Esta criatura
en vez de tirarse directamente a por las ovejas que había en el pasto se tiro
sobre la húmeda y larga hierba revolcándose en ella como si fuese lo más suave
del mundo. Después de quedarse a gusto se enderezó y lamio juguetonamente a una
de las ovejas. Zoltan, sin poder evitarlo rió y de la emoción abrió la puerta
de la ventana lentamente de un simple golpe suave. Esta comenzó a abrirse
lentamente.
El
movimiento llamo la atención del dragón, que lo miró con la misma curiosidad
con la que el humano lo miraba. Sin saber qué hacer, el pequeño le saludo con
la mano. La criatura se quedo mirando aquel gesto como si fuese algo extraño,
pero alzó la pata delantera e imitó los movimientos antes de echar a volar otra
vez.
Hacía
tiempo que se había dejado de cazar dragones en la aldea porque se había
descubierto que si no se les atacaba ellos no creaban ningún daño. Una noticia
que alegro a mucha gente. No se sabía mucho de aquellas criaturas aladas pero
no tenerlos como enemigos era un gran alivio. Hacia dos décadas los habitantes
de la aldea habían quedado reducidos por todas las peleas que se tenían con las
majestuosas criaturas.
Vivir
en paz con ellos era un gran paso para todos, aunque aun se les tuviese miedo.
No
era el caso de Zoltan. Este siempre había sentido una gran familiaridad con los
dragones y ardía en ganas de verlos cada vez que tenía oportunidad. Solía
escaparse a menudo de sus obligaciones para poder verlos, pues no le parecía
tan importante hacer pan para todo el mundo comparando con disfrutar de las
majestuosas vistas en las que se podía ver como los dragones hacían piruetas
sobre los grandes bosques que rodeaban el lugar.
Se
había ganado más de una bronca proveniente de su padre, que no sabía qué hacer
con el chico pues daba igual cuanto lo intentase este no hacía caso. Todos lo
tenían como un caso perdido. Algún día su falta de sensatez le llevaría a hacer
una estupidez y jamás lo volverían a ver jamás.
Y
no estaban equivocados. La fría noche del 3 de febrero el muchacho no volvió a
casa después de salir a buscar leña seca al bosque. En una situación normal
hubiesen mandado a un equipo de rastreo a buscar al muchacho pero la tormenta
de hielo era tan espesa que a nadie se le permitió salir del edificio principal
aquella noche. Los jóvenes padres lloraban por la pérdida de su querido hijo
mientras que pocos podían llegar a comprender lo se sentía en esa situación.
El
joven había salido después de comer al bosque. A su madre se le había hecho
imposible retenerlo en la aldea incluso después de avisarle que iba a haber una
gran nevada en breves. Su hijo le sonrió de oreja a oreja y le prometió volver
sano y salvo.
Con
lo que no contó el chico fue con perderse. Creyó que conocía bien el bosque,
pero la nieve que había caído durante la noche anterior había borrado todas las
marcas humanas que se habían dejado durante los siglos y llego un momento en el
que no sabía dónde se encontraba. Aun así la situación no le preocupo, si se
alteraba iba a ser más difícil para él pensar claramente y prácticamente
imposible volver a casa.
Tenía
intenciones de hacerlo hasta que escucho un gruñido teñido completamente de
dolor. No era un sonido humano, ni tampoco de un animal corriente del bosque.
Todos los grandes depredadores se encontraban invernando en esos momentos y no
se les ocurriría salir de sus madrigueras con el frió que hacía. Por puro
instinto siguió los quejidos que se seguían superponiendo uno detrás de otro. Cada vez se hacían más intensos y el chico podía comprender que la criatura no
lo tenía que estar pasando nada bien. Era joven pero había vivido lo suficiente
para saber que el dolor físico podía ser insoportable cuando uno se lo
proponía.
Bajando
una pequeña ladera pudo encontrar recostado al lado del río un bulto rojo
carmín. Su corazón se acelero cuando descubrió con sus propios ojos que la
criatura delante de él era un dragón. Prácticamente corrió hasta él, quedándose
sin mucha energía después de todo el esfuerzo que había hecho. Quizás habría
sido mejor idea volver a la aldea y disfrutar de un caliente estofado, pero se
había sentido incapaz de hacer eso. Simplemente la curiosidad siempre le perdía
y metía en problemas.
Cuando
intento acercarse a la criatura mágica esta le gruño con fuerza, dejando salir
por los orificios que debían de ser nasales caliente humo, indicándole que a la
siguiente iba una llamarada. Al entender la amenaza el joven levanto las manos con
tranquilidad e inclino la cabeza sin saber porque lo estaba haciendo.
Simplemente lo hizo. Al levantar la vista pudo ver como el dragón lo miraba
fijamente. Sonrió para sí mismo mientras el dragón agachaba la cabeza y la
apoyaba en el suelo cansado.
–No
voy a hacerte daño –habló de manera pausada aunque dudaba que le pudiese
entender–. Solo quiero ayudarte, ¿me dejas?
Se
siguió acercando con las manos en alto y de manera lenta. El dragón no se movió
un solo centímetro, se dedico a mirarlo desde la posición en donde estaba. Con
un poco de confianza en sí mismo el chico se acerco más y se agacho para
mirarle a la cara una vez estaba la cabeza.
–Buen
chico –acarició la escamosa piel que tenia entre los ojos. La criatura los
cerró, parecía que le gustaba aquella simple caricia–. Voy a mirar donde estas
herido ¿sí? Te ayudare a salir de esta –aseguró con una gran sonrisa en la
boca.
Después
de tranquilizar al lagarto gigante comenzó a rodearlo por la derecha. Sus manos
no se separaban de su piel por si tocaba algo que sus ojos no podían percibir.
Al fin y al cabo el dragón era rojo carmín y puede que fuese difícil divisar
una herida o siquiera sangre. Después de rodear una de los lados del dragón y
no encontrar nada decidió pasar al lado contrario. Quedo totalmente anonadado
al hacerlo. En la parte trasera del dragón pudo ver como había huevos de
dragón. Se quedo paralizado al verlos. Nadie en su vida había tenido tanta
suerte como él para ver aquello.
Los
huevos eran todos de diferentes colores y tamaños. Zoltan conto hasta siete
huevos diferentes. Todos relucían como si fuesen piedras o metales preciosos, y
no parecía que hubiesen salido de las entrañas de nadie pues parecían estar
pulidos a conciencia. El muchacho estaba seguro que si el sol hubiese dado tan
solo un poco más se habría quedado ciego ante el brillo que fuesen a
desprender, pues en aquel día tan gris estos brillaban como si les diese una
luz que el chico no podía ver.
Se
acerco a los huevos, posando su oreja y manos en cada uno de ellos. En el
interior se podía escuchar claramente el latido de la cría que crecía ahí
dentro, en alguno podía escucharse hasta varios latidos. Aquello era
impresionante, el mejor día de su vida.
–No
me habías dicho que eras una dragona embarazada –rió para sí mismo–. Voy a
–mientras hablaba comenzó a quitar la nieve y hielo de la hierba que había al
lado de la barriga de la inmensa dragona– acercarlos a ti para que tengan calor
y…
La
dragona gruño con fuerza, pero no sonó a como si estuviese en desacuerdo con
él. Más bien volvió a ser un rugido de dolor y desesperación.
El
joven la miro fijamente, esperando saber que era lo que le pasaba, pero era
incapaz de comprender que era lo que iba mal. No al menos hasta que vio un
pequeño destello dorado desde lo que debía de ser la cloaca de la dragona.
Sin
pensárselo mucho dejo lo que estaba haciendo y camino lentamente hasta el
lugar. El huevo no era tan grande como los otros, como mucho medía el antebrazo
de Zoltan, pero se había atascado en una de las rugosidades y parecía que eso
le estaba haciendo mucho daño a su madre teniendo en cuenta que acababa de dar
a luz a siete huevos.
–No
puedo creer que vaya a hacer esto… –cogió aire antes de meter ambas manos en la
cloaca de la criatura. Agarró el huevo con fuerza para que no se le resbalase
con todo el modo que había en esa parte del cuerpo. La dragona volvió a rugir y
movió la cabeza y cuello para mirar de manera amenazante al joven. Pero este no
se dio cuenta, estaba demasiado ocupado intentando ayudarla. Apoyando su pierna
derecha en el cuerpo de la majestuosa criatura y echándose hacia atrás
consiguió hacer la fuerza suficiente para desencajar el magnífico huevo dorado.
El
joven acaricio el huevo, orgulloso de su gran hazaña. Nadie se lo creería en la
aldea y puede que mejor fuese no decírselo a nadie. Con una gran sonrisa miro a
la dragona que mientras se acercaba a él abría la boca cada vez más. Esa
sonrisa que se había formado en su cara se desvaneció de inmediato. Debía de
escapar. Se había tomado demasiada confianza con ella y no le había gustado.
Realmente
el no podía hacer nada en contra de un majestuoso dragón, aunque estuviese
cansada por haber dado a luz recientemente. Esas criaturas eran demasiado
poderosas y él no había sido criado para matarlos. Tampoco habrá sido capaz de
hacerlo.
Notó
el ardiente aliento de la dragona en su cara y cuerpo. “Me va a comer” es lo único que pudo pensar antes de notar algo
pegajoso caer sobre él. Debía de ser su saliva. Cerró ojos los ojos con fuerza,
esperando que todo terminase cuanto antes. Pero se hacía demorar y parecía que
la gran criatura estaba disfrutando con su tortura. Se mordió el labio tan
fuertemente que se hizo una herida notando el metálico sabor de la sangre.
Entonces noto algo blando, esponjoso y caliente momentáneamente sobre su cara.
Abrió los ojos sorprendido y los volvió a abrir antes de que le volviese a
pegar una juguetona lamida y se le metiese algo en el ojo. Después de ese gesto
la dragona le acaricio con el morro varias veces.
–¿No…
no vas a comerme? –pregunto anonadado el chico. No tuvo respuesta porque los
dos miraron al cielo al notar escuchar un gran estruendo. Estruendo que se
repitió unas cuantas veces antes de que Zoltan volviese sobre sus cabales. Ese
ruido solo podía significar…–: la tormenta –habló de manera lenta.
Con
renovada energía se levanto con el huevo aun entre sus brazos y lo dejo con
cuidado al lado del lomo de su madre. Acto seguido intento hacer lo mismo con
los demás. Con cinco de ellos no tuvo ningún problema, pero los dos últimos
eran muy grandes. La criatura mitológica le miraba con curiosidad sin
comprender muy bien lo que hacía. Tampoco es como si Zoltan se diese cuenta de
que estaba haciendo el trabajo solo. En lo único que podía pensar era en la
tormenta inminente y que tenía que ayudar en lo que podía para que aquellas
crías de dragón pudiesen vivir.
Diez
minutos después de estar empujando ambos huevos consiguió que todos entrasen
bajo el ala de su madre. Sonrió feliz con su trabajo una vez hubo terminado.
–No
dejes que les pase nada a tus pequeños ¿sí? –le pidió con una pequeña sonrisa
de complicidad. Como si comprendiese la criatura asintió con la cabeza a lo que
el chico le había dicho–. Voy a buscar un refugió, cuando la tormenta haya
terminado volveré –prometió.
Pero
la dragona no le dejo ir. Con la ayuda de su ala lo arrastró hasta el mismo
lugar en el que se encontraban sus huevos. El chico no pudo negarse, el frió y
el golpe que se había dado contra uno de los más grandes había provocado que
perdiese la conciencia.
Había
pasado poco más de una semana cuando Zoltan volvió a la aldea. Era la hora de
cenar y por eso todo el mundo menos los vigilantes se encontraban en el
edificio principal que lo utilizaban para las comidas, reuniones y asambleas. Sabiendo
donde se encontraban todos fue directo hasta el lugar. Sin mucho esfuerzo abrió
la puerta del edificio, llamando la atención de todo el mundo que estaba
dentro.
Alguien
grito al verle, pudo reconocer el grito como el de su madre sin ningún
problema. El joven no pudo evitar sonreír al darse cuenta de que lo había
echado de menos. Al cabo de unos segundos estaba entre los brazos de sus
padres, que lo agarraban con fuerza para que no pudiera volver irse nunca más.
Su
madre lo inspecciono por todos lados. Casi parecía que esperaba verlo herido
por alguna parte, pero no era el caso.
–Estoy
bien madre, te lo prometo –sonrió mientras esta le agarraba de los mofletes y
le miraba directamente a los ojos, antes de comérselo a besos.
–Karen,
deja que el chico respire –le intento ordenar el padre aunque supiese que su
esposa no estaría dispuesta a soltarlo nunca más–. Debe de estar cansado y
hambriento.
–En
realidad estoy bien –aseguró el menor–. Aunque no me vendría mal algo caliente
y que este cocinado.
La
gente se mostro incrédula a que el joven siguiese vivo. Se alegraban de que no
hubiese ocurrido una desgracia y que la familia Madsen pudiese seguir adelante
después de aquella fatídica semana. En general no había sido una semana alegre
en la aldea pues cuando un joven moría o desaparecía era motivo de luto
general, en muestra de respeto a la vida. Una vida que podría haber durado más
y crear sus propias hazañas.
Todo
el mundo había comenzado a alabarlo por su gran proeza. Pero se asombraban al
ver que aun volvía una y otra vez al bosque. Al parecer todo el mundo se
imagino que después de lo vivido le tendría que tener miedo, pero Zoltan Madsen
no era un chico normal después de todo.
Una
vez nada más adentrarse en el bosque se dio prácticamente con alguien. Ese
alguien era Barbara, la hija del jefe. Era el tipo de chica que tenía a todos
los chicos de la aldea locos tras ella, y no era para menos: quien se casase
con ella sería el próximo líder de la aldea a no ser que por el camino eso
cambiase. Por suerte Soren Virtanen era el jefe más querido de los últimos
años, además del más fuerte.
Barbara
era una de las chicas más altas de la aldea, demasiado alta para el gusto de
Zoltan. Al contrario que el resto de mujeres de la aldea su cuerpo no era
ancho, sino más bien estrecho, y eso la volvía la más ágil pero a la vez la
menos fuerte del lugar. Nadie sabía quién era la madre de la chica, una
extranjera, la gente entendía que físicamente fuese tan distinta a ellos, era
la única con cabello castaño de todo el pueblo. El resto todo rubio.
Oficialmente
era la exploradora del pueblo, en momentos de crisis alimentaria y de
provisiones era ella quien encontraba nuevos lugares que explotar.
Siempre
había escuchado que era una persona agradable de tratar y muy generosa con lo
que tenia. Había aprendido a tomar responsabilidades poco comunes para su edad
y era adorada por todo el pueblo aun siendo considerada extranjera por haber
nacido fuera.
Zoltan
jamás había hablado con ella, su posición jerárquica era muy baja comparando
con la suya. Tenían casi la misma edad, siendo ella mayor, pero jamás se había
atrevido a hablar con ella. Es más, era la primera vez que le veía tan de
cerca.
–Aun
no he podido felicitarte por haber sobrevivido durante tanto tiempo tu solo en
el bosque –la mayor le sonrió de manera amable sorprendiendo al menor. Su voz
era más suave de lo que había imaginado nunca. Se fijó en que los carnosos
labios no pegaban con el resto de los finos rasgos. No le gustaban.
–No
fue para tanto –inclinó la cabeza avergonzado. Hasta el momento solo las
personas que conocía de algo se habían acercado para felicitarle, los demás lo
hacían en grupo o habían felicitado a sus padres en vez de a él–. La verdad es
que tengo un poco de prisa y… –intentó rodear a la chica.
–No
tienes que huir de mí –con un solo paso volvía a estar delante de él. Zoltan la
miro a los ojos sin comprender que era lo que quería de él. Parecía ser que si
quería la mayor sabía intimidar–. Yo puedo ayudarte.
–No
necesito tu ayuda –respondió de manera contrariada. ¿Acaso se había perdido
algo y él no se había enterado?
–Yo
no estaría tan seguro –lo agarró del brazo cuando el menor volví a intentar
escaparse de ella nuevamente. Por la cabeza de Zoltan pasaron muchas cosas.
Quizás la muchacha estaba enfadado por su creciente fama, y no le agradaba que
alguien pudiese llegar a hacerle sombra–. Debes de estar asustado y sin saber
que debes de hacer… –escrutó su cara de manera detallada.
–Tú
no me conoces –se atrevió a decir notando la fija mirada de ella.
–En
realidad te conozco un poco más de lo que crees –concretó con una sonrisa de
medio lado.
Sin
previo aviso agarró con más fuerza el brazo del menor y tirando de él le llevo
dentro del bosque, lejos de cualquier mirada indiscreta. Barbara sabía que al
ser la hija del jefe solía recibir más atención de la debida, y si además tenía
que hablar con la nueva celebridad del pueblo la intimidad era bienvenida en
cualquier sitio. El joven se dejo llevar al principio sin ningún inconveniente.
El quería ir al bosque, si lo metía dentro no iba a quejarse.
–Sé
tú secreto –aseguró la chica de pelo oscuro después de mirar que nadie les
seguía. Zoltan se tensó al completo, pero intento actuar de manera normal.
–Yo
no tengo ningún secreto –habló de manera seria con una expresión impasible–.
Bueno, no al menos más que los de una persona normal y corriente –se apresuró a
decir pues no le gustaba mentir tampoco. Barbara rió de manera suave.
–¿Te
consideras del montón? –alzó una ceja al preguntar–. Porque no deberías.
Ambos
jóvenes se quedaron en silencio. Barbara miraba al menor a los ojos y aunque Zoltan
fuese más alto y corpulento que a la mayor se sentía intimidado por su seria
mirada. Muy intimidado.
Tenía
intenciones de contestarle pero escucho un gruñido, uno que conocía a la
perfección. Sin siquiera pensarlo logró deshacerse del agarre al que Barbara le
sometía y salió corriendo, intentando buscar el lugar de donde provenía. Volvió
a escuchar el mismo sonido, los cuales poco a poco se iban haciendo más comunes
en el silencio siendo así que era más fácil encontrar el foco.
Cuando
llegó al lugar deseado vio como un dragón dorado se revolcaba en la nieve.
Suspiró aliviado al ver que realmente no era nada, pero poco duro aquel
sentimiento de tranquilidad. En seguida vio como una sombra se aproximaba al
pequeño dragón de apenas una semana de vida. La cría volvió a rugir otra vez
más mientras era atacada por aquella cosa que no podía definir pues no lo podía
ver apropiadamente.
Sin
pensarlo acudió a la llamada de auxilio de su pequeño amigo. Si quería hacerle
daño primero tendría que pasar por encima de él. Llego relativamente fácil
hasta la cría, a la cual cogió en brazos. Su madre se la había confiado a él,
no podía dejar que le pasase nada tan fácilmente. La sombra negra volvió a
acercarse otra vez. Con fuerza, aunque intentando no ahogarlo Zoltan espachurro
a su nueva “mascota” entre sus brazos para protegerla.
–¡SVART!
–escuchó de una voz humana. Aquella sombra desapareció como por arte de magia.
Era… era algo que Zoltan no podía explicar–. Svart no quería hacerle daño a tu
dragón, solo quería jugar con él.
De
manera automática, y con la cría de dragón aun en las manos, el chico se giro
para mirar el lugar de donde provenía la voz. Voz que podía reconocer
perfectamente pues acababa de hablar con a quien le pertenecía. Barbara se
acercaba a él mientras con sus manos jugueteaba con un dragón completamente
negro. El menor solo tuvo que pensar un poco para comprender que la sombra
negra que había visto era aquel mismo dragón.
–¿Cómo
puedes estar tan segura? ¿No son los dragones criaturas poco predecibles?
–No
realmente, son mucho más simples que los humanos –contestó el mayor de los
dos–. A Svart le gusta jugar con los pequeños porque tienen más energía que los
grandes, ¿verdad que si? –rió mientras acariciaba la parte de abajo del dragón
y este ponía cara de placer–. Es lo que pretendía decirte, pero no parecía que
tuvieses muchas ganas de hacerme caso.
–No
es como si no tuviese cosas importantes en las que pensar –se defendió–.
Comprenderás que una cría de dragón gasta mucho tiempo y energía ¿no?
–¡Oh
claro! –fue entonces cuando la castaña reparo en el pequeño dragón–. ¿Me dejas
auscultarlo?
El
menor le miro con desconfianza, apretó más a la criatura entre sus brazos
aunque sabía que esta no aguantaría mucho tiempo más ahí. En el poco tiempo que
lo había conocido había aprendido que el dragón era inquieto y sumamente
curioso.
–No
le voy a hacer ningún daño –le aseguró–. Solo quiero ver si está completamente
bien –pero el chico dudaba, era algo obvió nada más ver su cara–. No pretendo
separarlo de ti, en serio. En estos momentos soy la única persona en la que
podrías confiar. Ezta txiki?
Repentinamente
el pequeño saltó de los brazos de Zoltan y sin ninguna duda hacia la mujer. El
dragón negro se aproximo desde detrás, como si no le gustase que Barbara
tratase con otros dragones.
Comenzó
a susurrarle cosas al pequeño dragón, que seguía acercándose a ella sin ninguna
duda. Una vez estuvo a su vera la humana le acaricio la cabeza y espalda
mientras la criatura prácticamente ronroneaba. Lo cogió en brazos y lo alzó
sobre su cabeza, así pudo observar cada recoveco del cuerpo mientras lo iba
girando.
–Está
sana, aunque habría que darle algo de abrigo por las noches –informó como si
fuese un medico que daba su veredicto a un paciente–. Aun es joven y no tiene
la masa suficiente para calentarse a él misma o escupir fuego. ¿Qué tal esta la
madre?
–¿La
madre? –Zoltan se atraganto con su propia saliva. ¿Cómo sabia tanto aquella
chica?–. Bien, supongo. Se fue justo después de que naciera y me… –se mordió el
labio. Aun no sabía exactamente cómo explicarlo.
–Que
te marcara –termino su frase al ver que él no estaba seguro de cómo hacerlo–.
Es una sensación extraña ¿verdad? –sonrió de medio lado–. Cuando yo lo experimente
quede muy confundida. Además no tenía ningún tipo de ayuda dentro de la aldea
y… espero que para ti las cosas vayan a ser más fáciles.
–Espera…
¿qué quieres decir exactamente con eso? –lo miró con confusión. Creía entender
que era lo que quería, pero no creía estar dispuesto a dar lo que esperaba de
él.
–No
tienes por qué preocuparte ahora –aseguró–. Solo creo que vas a necesitar algo
de ayuda antes de saber qué es lo que quieres hacer realmente con ella. Nunca
antes había visto una dragona dorada… Los que tienen colores metálicos son
realmente especiales según he escuchado –dejó que la criatura volviese con
quien era su “dueño” –. Te han hecho un gran regalo –aseguró convencido de ello.
–¿Has
dicho… ella? Yo... yo ni me había planteado que pudiese ser hembra –admitió.
–Bueno,
tú piensa que para eso estoy yo aquí. Soy la única persona que puede resolver
tus dudas.

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